EDITORIAL

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Otro golpe al frágil sistema de salud del estado se asestó con el asesinato de una médico pasante, al exponer las condiciones de inseguridad en la que ejercen cientos de jóvenes recién egresados.

El movimiento de doctores que realizan pasantía con temor en la sierra de Sonora se gestó cuando se conoció la noticia de un homicidio, pero la inconformidad era generalizada desde años.

 

Basta recordar Tubutama y todo el despliegue policiaco generado en aquel municipio sin ley, en el que jamás se abordó el tema de la salud, salvo para garantizar que los servicios se mantendrían por encima de la violencia.

Y es obvio que, en aquellas localidades donde la inseguridad impacta a la sociedad, también se debe contar entre las víctimas a los trabajadores de la salud que, en muchos casos, deciden no prestar sus servicios por miedo.

Por eso, el sistema de salud envía a pasantes, a los que no están en condiciones de exigir porque aspiran a tener una plaza, por eso van a donde los manden.

Al menos así había sido hasta que murió una mujer y, aunque el móvil de su asesinato no está relacionado con la inseguridad en el norte de la entidad, fue el pretexto para desatar la inquietud de quienes dicen no poder salvar vidas, en tanto su propia vida corra riesgo.

Así, decidieron no regresar a los centros de salud hasta que las autoridades,  empezando por las de Salud, y terminando con la Policía Estatal, les garanticen  las condiciones mínimas de seguridad, o al menos les autorice una plaza que les daría mayores garantías.

Ese escenario adverso lo viven muchos en la región de Guaymas y Empalme, aunque el tema de la seguridad no es el prioritario, sino la falta de apoyo a los centros de salud de las zonas rurales.

Ya nadie quiere ir al valle a enfrentar quejas de los pacientes que reclaman servicios de salud de calidad y solo reciben disculpas porque los pasantes no cuentan con las herramientas para ofrecerles atención digna.

Edificios viejos, deteriorados, medicamentos limitados, equipo obsoleto, así operan los centros de salud en zonas rurales de esta región, mientras se celebra la inversión millonaria en otros rubros de la salud.

Este movimiento de pasantes bien pudiera ser útil para que, de una buena vez, los trabajadores de la salud eleven la voz y exhiban los problemas que deben enfrentar durante su jornada.

 

Y encima, las demandas por negligencia están a la orden del día y son ellos, los médicos y pasantes, los que deben asumir las consecuencias de un deficiente sistema que no puede siquiera garantizar la seguridad de sus trabajadores, por tanto, menos podrá prestar un servicio digno a los enfermos.

 

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