EDITORIAL

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La Santa Sede reveló ante el Comité de Naciones Unidas contra la Tortura, que 884 sacerdotes han sido removidos por delitos de pederastia, desde el año 2004.

Y si la cifra no es suficientemente escandalosa como para persignarse, el dichoso comité hizo otra declaración abrumadora: dos mil 572 sacerdotes cometieron el delito de pedofilia, por tanto, enfrentan el llamado castigo canónico, es decir, retirarse a observar una vida de penitencia y oración tal cual lo estableces las Leyes del catolicismo.

 

Es decir, en pleno 2014, la Iglesia de San Pedro sigue observando como cosa al margen la Ley de los hombres, aquella que rige toda sociedad civilizada, creyente o no.

Por eso, hasta ahora el famoso Tribunal Clerical se atreve a admitir como buenas las tres mil 420 acusaciones que consideraron creíbles sobre abuso sexual a menores, hechos que datan de 1950 a 1990.

A pesar de la catapulta de quejas, el Vaticano sigue en su intento por minimizar la responsabilidad legal y la rendición de cuentas en los casos de pederastia clerical perpetrados en el mundo de acuerdo al derecho internacional y lo que marca la Convención contra la Tortura.

Alega la Iglesia Católica que la Santa Sede no puede tener jurisdicción sobre todos los crímenes cometidos por los católicos en otros países y argumenta que cada sacerdote pedófilo enfrenta proceso en el lugar donde se perpetró el delito.

Eso no es cierto porque en muchos de los casos de este país, ni siquiera se presentan las denuncias en las agencias ministeriales y, cuando así ocurre, la misma Iglesia apoya a los curas pederastas para que cambien de sede y convence a las víctimas de guardar silencio, con el rezo de “Dios lo va a juzgar”.

Por eso, quizá habrá decenas de víctimas en el estado  o en el país, que han vivido con la pesada carga de haber vivido una agresión sexual de quien se decía llamado por Cristo.

A esas personas, católicas o no, el Vaticano debiera garantizarles justicia con un estricto control interno de sus sacerdotes, para eliminar la protección que había hacia los delincuentes con sotana.

 

Porque, hasta donde se sabe, mentir es pecado, ocultar los delitos es pecado de omisión y abusar de un inocente es un crimen mayúsculo que Dios no pasaría por alto, de ahí que, antes de pensar en el destino de sus sacerdotes, el Vaticano tendría que pensar en las vidas destrozadas de todas aquellas víctimas que, como los curas pederastas, también son hijos de Dios.

 

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